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A pesar de Todo... Cuando somos Niños siempre somos Felices

  • 23 sept 2025
  • 3 Min. de lectura

Aunque falte el pan, aunque la casa se venga abajo, aunque la vida se sienta pesada en los hombros de los grandes, uno de niño no lo nota igual. La pobreza se disfraza de juego. El hambre se entretiene con cualquier cosa que parezca bocado. Y el silencio de los adultos se llena con risas que salen sin pedir permiso.


Recuerdo los días en que no había nada en la mesa. Nos mandaban al patio, y nosotros, sin entender la tristeza de ellos, inventábamos mundos entre piedras y ramas. El corazón de un niño no se detiene en lo que falta, sino en lo que encuentra. Por eso, aunque el cielo estuviera nublado, nosotros jugábamos como si amaneciera.


El dolor de los grandes no siempre alcanza a los pequeños. Un niño no sabe de deudas ni de promesas rotas, ni de cansancio que dobla la espalda. Un niño mira distinto. Ve un charco y piensa en barcos, no en lluvia interminable. Ve un campo seco y lo convierte en desierto, lleno de aventuras. Ese es el milagro de la infancia: la capacidad de torcer la realidad hasta hacerla amable.


Había golpes, sí. Había gritos que retumbaban en la casa. Había noches en que parecía que todo se iba a desmoronar. Y aun así, bastaba una pelota de trapo para que la alegría regresara. La felicidad no dependía de lo que teníamos, sino de lo que podíamos imaginar. Y de niños, la imaginación siempre sobra.


Con el tiempo uno entiende lo que pasaba. Las discusiones no eran ruido cualquiera, eran cuentas sin pagar, eran promesas incumplidas, eran corazones rotos. La falta de pan no era casualidad, era fruto de trabajos que nunca alcanzaban. Pero en aquel entonces, nosotros corríamos por el patio sin pensar en eso. La vida era dura, sí, pero no para nosotros. O al menos no de la misma manera.


La felicidad de un niño no se mide con lo mismo que la de un adulto. Un juguete roto era suficiente, una canción inventada bastaba, un abrazo lo arreglaba todo. A veces pienso que la verdadera riqueza está en ese tiempo en que lo pequeño es grande y lo grande no importa tanto.


Pero esa felicidad tiene fecha. Llega el día en que los ojos del niño empiezan a ver la tristeza de los grandes, y entonces el juego ya no cubre tanto. Ese día es cuando uno deja de ser niño de verdad.


A pesar de todo… cuando somos niños siempre somos felices. Porque la felicidad en ese tiempo no depende de circunstancias, sino de inocencia. No es que no existan problemas, es que no los entendemos. Y en ese no entender está la libertad.


Hoy, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que la infancia fue la etapa más simple y más plena. Los problemas estaban ahí, alrededor, golpeando fuerte, pero nosotros vivíamos aparte, protegidos por la burbuja de la inocencia.


El verdadero peso llegó después, con los años, con la conciencia. Ahí la vida empezó a sentirse distinta, más pesada, menos ligera.


Por eso, cuando pienso en la niñez, entiendo la frase: A pesar de todo, cuando somos niños siempre somos felices. Porque esa felicidad no depende de lo que pasa afuera, sino de lo que uno lleva dentro antes de que el mundo lo doble.



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