A Nosotros también nos Costó Mucho Trabajo Cruzar el Puente
- 23 sept 2025
- 3 Min. de lectura
No era un puente de piedra firme ni de madera nueva. Era un puente viejo, flojo en algunas tablas, tambaleante en cada paso. Pero más que eso, era un puente que uno llevaba dentro, tejido de miedo, de culpas y de dudas que hacían temblar más que el vacío de abajo.
Algunos decían que era fácil. Que no había nada que temer, que sólo se trataba de caminar. Pero no sabían lo que cargábamos en la espalda: los recuerdos que pesan como costales llenos de piedras, las promesas incumplidas que se clavan como espinas, los errores que nunca se olvidan. Con todo eso encima, cada paso se volvía un tormento.
Había quienes no se animaban a dar un solo movimiento. Se quedaban parados al inicio, mirando hacia adelante con los ojos llenos de espanto. Otros apenas ponían un pie y lo retiraban enseguida, como si el puente quemara. Los más osados corrían, sin pensarlo, como si la prisa los librara del miedo. A nosotros nos tocó otra cosa: avanzar a tientas, despacio, con la sensación de que el suelo se podía desmoronar en cualquier momento.
El problema no era el puente, sino lo que dejábamos atrás. El apego a lo conocido siempre duele más que el miedo a lo desconocido. Atrás quedaban casas, voces, costumbres. Atrás quedaba la vida vieja, esa que aunque nos asfixiaba, también nos daba la falsa seguridad de lo familiar. El puente nos obligaba a soltar, y soltar nunca es fácil
Más de una vez pensamos en volver. La mente nos decía: “regresen, allá ya saben lo que hay, aunque duela”. Pero el corazón insistía: “sigan, aunque tiemblen”. Y entre la mente que jalaba hacia atrás y el corazón que empujaba hacia adelante, seguimos avanzando.
No hubo valentía repentina. Hubo terquedad, cansancio de lo mismo, necesidad de encontrar otra orilla. Eso fue lo que nos sostuvo. Avanzar a pesar del miedo, a pesar de los temblores en las piernas, a pesar de los tropiezos.
Algunos quedaron en medio, incapaces de seguir. Otros cayeron al vacío de sus propios fantasmas. Nosotros seguimos, a trompicones, pero seguimos.
El puente no estaba allí para hacernos las cosas fáciles. Estaba puesto como prueba. Para saber si de veras queríamos dejar lo viejo y abrirnos a lo nuevo. Para obligarnos a soltar lo que ya no servía, aunque se nos arrancara de las entrañas.
Y así fue. Con cada paso, algo se quedaba atrás. Una costumbre. Una mentira. Un miedo. Cada desprenderse dolía, pero también nos hacía más ligeros. Y al mismo tiempo, más conscientes de lo que queríamos del otro lado.
Cruzarlo no fue rápido ni limpio. Nos costó heridas, lágrimas, silencios largos. Pero el crujido del puente también nos enseñó que la vida se sostiene incluso en lo frágil, si uno insiste lo suficiente.
Al final lo cruzamos. Y no hubo aplausos ni música esperándonos. Sólo el silencio del otro lado, el aire distinto, la certeza de que habíamos llegado.
Nos miramos entre nosotros y entendimos que lo difícil no había sido el puente, sino nosotros mismos. El miedo a soltar, la costumbre de cargar, la resistencia al cambio.
Del otro lado, la vida no era más fácil, pero era distinta. Había espacio para empezar otra vez, para construir sin el peso de lo viejo. El puente quedó atrás, como cicatriz y como enseñanza. Y hoy, cuando lo recordamos, podemos decirlo sin vergüenza:
A nosotros también nos costó mucho trabajo cruzar el puente.
Pero lo cruzamos.
Y en esa cruzada, algo en nosotros también cambió para siempre.


