Sólo a los árboles con frutos les lanzan piedras
- 23 sept 2025
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Dicen que sólo a los árboles con frutos les lanzan piedras, y es cierto, porque nadie gasta tiempo ni fuerza en derribar lo que no tiene nada que ofrecer, lo seco o lo estéril se queda en pie, sin recibir ataque ni burla, porque no representa amenaza ni esperanza, y por eso pasa desapercibido.
El árbol con frutos, en cambio, llama miradas. Quien lo ve cargado siente deseo, siente hambre, siente envidia. Unos se acercan a recoger con cuidado, otros se quedan mirando, y los más impacientes lanzan piedras, no porque las necesiten, sino porque no soportan la abundancia ajena.
Así pasa con las personas. Quien destaca, quien construye, quien avanza, no tarda en ser señalado. Se convierte en blanco de críticas, de sospechas, de burlas. El fruto atrae tanto a los que admiran como a los que odian.
El que no da frutos pasa inadvertido, y a veces lo prefiere, porque vivir sin ser visto es también un modo de estar en paz, sin riesgos ni tropiezos, pero también sin logros, sin huella, sin nada que valga la pena.
Quien decide dar frutos —esfuerzo, talento, constancia— debe aceptar que vendrán piedras. El ruido de los golpes no es señal de fracaso, sino de que la vida misma reconoce el valor de lo que ofreces. Las piedras no caen sobre ramas vacías: caen sobre lo que brilla, sobre lo que pesa, sobre lo que nutre.
Muchos se amargan por esas piedras, sienten que es injusto, que el camino es más duro para quienes intentan crecer, pero la verdad es que las piedras son prueba de que hay fruto, de que lo que haces importa. Sin fruto, no hay ataque; con fruto, siempre habrá manos dispuestas a golpear.
El fruto en el árbol es la obra en la persona. El proyecto levantado, la palabra cumplida, el esfuerzo que rinde. Y las piedras son las críticas, las envidias, los juicios de quienes no supieron sembrar o no tuvieron paciencia para esperar su cosecha.
A veces las piedras vienen de cerca: de los tuyos, de los que decían apoyarte. Duelen más esas que las que lanza un extraño, porque revelan que la envidia también habita en casa. Pero hasta esas piedras confirman que tus frutos existen, que estás avanzando.
El árbol, golpeado, deja caer algunos frutos. Unos se pierden, otros alimentan a los que estaban hambrientos, y algunos quedan dañados. Pero el árbol sigue en pie, y al siguiente ciclo vuelve a dar. Esa es la lección: que ni las piedras pueden detener a quien sigue nutriendo desde adentro.
Sólo a los árboles con frutos les lanzan piedras, y no hay manera de evitarlo, porque la vida misma funciona así: lo valioso provoca reacción, despierta hambre, atrae manos. El que teme a las piedras renuncia al fruto, y termina seco, sin ser atacado, pero también sin dejar huella.
El verdadero valor está en dar fruto a pesar de las piedras, en seguir cargando ramas aunque se doblen, en resistir el golpe sabiendo que lo importante no es el ruido del ataque, sino la abundancia que se ofrece.
Al final, la piedra se olvida. Lo que queda es el fruto que alimenta, la sombra que cobija, la raíz que sostiene. Y en esa memoria, el árbol golpeado vive más que los que nunca dieron nada.


