top of page

Deseosos...

  • 25 sept 2025
  • 3 Min. de lectura

Fue en la desesperación por ser vistos.

Por sentir que éramos distintos, importantes, alguien entre tantos.


Y en ese afán ciego, en ese escondite de sombras donde nadie nos buscaba, la probamos. Primero tímidos, como quien juega. Después con ansia, como quien descubre un secreto que le quita el frío. Alguien nos dijo que no pasaba nada, que era cosa de risa, de compañía. Nunca nos dijeron cómo detenernos.


La primera vez fue alivio. Sentimos gozo, sentimos que el mundo se abría en colores. Por un instante no hubo preocupación ni tristeza. Fue como entrar a un sitio maravilloso. Y como todo lo maravilloso, nos quedamos con la idea de que podíamos repetirlo sin costo.


Lo hicimos una vez, luego otra. Para sentirnos superiores. Para no parecer débiles. Para que nos vieran como parte del grupo. El tiempo pasó, y sin darnos cuenta ya estábamos atrapados.


Deseosos de evadir la realidad. Deseosos de no cargar con la soledad. Deseosos de olvidar los daños de nuestra casa, de nuestro entorno. Así fue como caímos.


Nadie nos dijo cómo detenernos. Y cuando quisimos frenar, ya era tarde. Habíamos cruzado un puente del que no había vuelta.


Nos convertimos en carga.

Vergüenza de los hijos.

Bufones en la fiesta.

El chiste de la mesa.


No hubo control. No hubo límite. Sólo la caída.


Al amanecer, la verdad nos despertaba con golpes en la frente:¿Cómo fue que llegamos tan bajo?¿Cómo alguien inteligente pudo pisar ese fondo?¿Cómo es que no recordábamos lo que pasó la noche anterior?

Preguntas que nos comían, pero nunca respondíamos.


Promesas rotas: “No lo vuelvo a hacer…”.La culpa era un peso que nos hundía más. Y aun así, volvimos.


De tanto engañarnos, creímos que estábamos bien.

Decíamos: “No hay problema, tengo una buena vida…”.

Mentíamos a los demás. Y lo peor: nos mentíamos a nosotros mismos.


Construimos una realidad absurda.

Una pared de máscaras, de justificaciones, de excusas.

Y en ese teatro falso nos fuimos perdiendo.

Nos alejamos de la realidad, perdimos el rumbo.


Para tapar el vacío, compramos compañía. Invitábamos a otros, pagábamos sonrisas, soportábamos burlas, calumnias, hasta golpes. Lo que fuera, con tal de no estar solos.


Y fuimos sumisos. Cumplimos caprichos ajenos, órdenes absurdas. Nos dejamos arrastrar como hojas secas. Y en el fondo sólo había vacío.


Ya no hubo ganas de luchar.

Ni de crecer.

Ni de ser parte de nada.

Ni de vivir.


De rodillas, nos dejamos llevar por la corriente. Y lo peor llegó después. Porque empezamos a lastimar a quienes más nos amaban.


Gritamos a quien no lo merecía. Nos desquitamos con los más débiles. Destruimos las ilusiones de los que confiaban en nosotros. Ofendimos, golpeamos con palabras y con actos.


Lo hicimos porque el vacío se agrandaba cada día. Porque la ansiedad no nos dejaba en paz. Porque la soledad nos mordía los huesos. Y entonces quisimos que los demás sintieran lo mismo.


Les arrojamos nuestro dolor. Les amenazamos, una y otra vez. Buscábamos ser escuchados a golpes, con ofensas, con violencia.


Ilusos. Lo único que dimos fue lástima.


Y ahí, en medio del lodazal, nos descubrimos derrotados.


Habíamos destrozado lo más hermoso: la confianza, el amor, la familia.


Nos traicionamos a nosotros mismos.

Y sin darnos cuenta, ya estábamos hundidos.


Pero aun en la miseria, nació un deseo: recomenzar.


Dejar atrás las mentiras, el daño, la mediocridad.

Buscar una luz, una oportunidad, un mañana distinto.

Soñábamos con ser de nuevo lo que éramos en esencia.


Pero estábamos solos. Caídos.

Abandonados por todos.

La gente se apartaba, se reía, nos temía.

Y nosotros, desde el fondo, daríamos lo que fuera por escuchar una sola frase: “Tranquilo… no estás solo.”


Y ese es el cuento de cómo un hombre quiso ser aceptado y terminó vacío. De cómo un grupo buscó sentirse importante y acabó de rodillas. De cómo probamos algo, creyendo que era juego, y nos llevó a perderlo todo.


Y sin embargo, aun desde la ruina, quedaba en nosotros un pedazo de esperanza. Un anhelo de volver a empezar, de ser distintos, de encontrar en otro ser humano la mano que no supimos darnos. Porque el corazón, aunque cansado y golpeado, todavía late. Y en ese latido, escondido entre la culpa y la vergüenza, se guarda la posibilidad de volver a levantarnos.


  • Facebook
  • Instagram

© 2025 SOY LEGIONARIO

bottom of page