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Carta a un Alcohólico

  • 23 sept 2025
  • 3 Min. de lectura

No sabía escribir bien, pero igual llenaba las hojas con letras torcidas. Decía que eran palabras, aunque apenas se entendían. Con ese revoltijo de rayas buscaba hablarle a él, porque cuando trataba de hacerlo en voz alta, la respuesta nunca llegaba.


La mirada de él siempre se perdía dentro del vaso, como si allá adentro hubiera un mundo más importante.


Había fiestas en las que todo cambiaba. Cantaba, reía, contaba historias. Los demás lo rodeaban, celebraban cada anécdota, lo aplaudían como si fuera el dueño de la noche. Desde un rincón, esos momentos parecían milagro. Había orgullo y alegría, porque ahí sí sonreía.


Pero la alegría duraba poco. La tristeza aparecía pronto, porque por más que hablara, por más que tratara de acercarme, él nunca me escuchaba. Mis palabras se quedaban atoradas en la garganta.


Cuando la casa quedaba sola y oscura, él regresaba distinto. El olor lo delataba. Los ojos rojos, la voz como trueno, los pasos tambaleantes. Y ahí surgía el miedo: no saber si esa noche vendría con abrazos o con gritos. La sombra servía de refugio, bajo las cobijas o detrás de una puerta.


La risa que traía consigo tampoco era la misma. Sonaba hueca, como si no le perteneciera. Era otra voz, otra persona la que hablaba. Y en esos instantes, lo poco que quedaba de él se borraba del todo.


Había otra cosa que daba más miedo todavía: el vecino. Ese hombre venía demasiado, decía que de paso, que a ayudar, pero se quedaba de más. La mirada de él no era limpia. Un escalofrío recorría el cuerpo cada vez que se acercaba demasiado. No hacían falta palabras para entender que algo estaba mal en esa presencia. Y entonces surgía la pregunta: ¿por qué no estaba él allí para cuidarnos?¿Por qué dejaba ese vacío que otros querían ocupar?


La sensación era clara: el lugar que debía estar protegido quedaba abierto, y con cada visita del vecino, el miedo crecía más.


Dentro de la casa, también había llanto. Se escuchaba cuando mi madre se cubría el rostro con las manos y trataba de engañar al silencio. Decía que no pasaba nada, pero la respiración entrecortada lo decía todo. Mi abrazo pequeño trataba de consolarla, y ella respondía con una sonrisa débil, acariciando mi cabello, aunque los ojos siguieran rojos. Ese llanto no era por nada. Era por él. Por el dinero perdido, por las promesas vacías, por las noches de espera.


El llanto propio también existía, pero en secreto. Bajito, para que nadie lo oyera. Era el llanto de querer al hombre que se había ido, al que jugaba y me cargaba en los hombros. No al que regresaba con el aliento cargado. Era el llanto de necesitar ser escuchada, de querer decir lo que pensaba y no poder, de sentir miedo, mucho miedo...


Un día escribí más que de costumbre. Llené una hoja con esas letras chuecas y la guardé bajo la almohada. Decía que era una carta a Dios. Ahí pedía un milagro: que regresara el hombre que reía de verdad, el que contaba historias sin necesidad de vasos, el que escuchaba aunque las palabras fueran torpes.


Creía que el milagro podía llegar. No sabía cuándo ni cómo, pero lo esperaba. Porque, a pesar del miedo, todavía lo quería. Todavía lo necesitaba.


Mientras tanto, todo seguía igual. Las noches llenas de olores y voces extrañas. Las fiestas con risas que no alcanzaban a cubrir el vacío. Las lágrimas de mi madre. El silencio propio, con miedo y con esperanza.


Y entre esas letras torcidas, repetidas una y otra vez en el cuaderno aquel, quedaba la súplica muda: que algún día él regresara entero. Que dejara la botella y volviera a ser el mismo.


Porque lo que yo deseaba no era grandeza ni milagros imposibles. Lo único que quería era tenerlo de vuelta, sin sombras, sin ausencias, sin miedos.


Te quiero papito. Tu Hija.




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